domingo, 18 de noviembre de 2018

SuperGlue #2


Capítulo 2

Javier cerró los ojos y los mantuvo así unos segundos, luego se pellizcó para comprobar que realmente no estaba soñando.

Se quedó parado sin hacer nada durante 10 munutos. Luego se decidió a volver a casa para dejar la mochila. Se quitó el uniforme escolar y se puso ropa normal, para estar más cómodo. Fue a su baño y abrió el grifo, dejó correr el agua y luego lo cerró. Luego usó los interruptores.

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—De momento la electricidad y el agua funcionan, dentro de lo malo está bien... Tal vez Valencia esté conectada a la central eólica, incluso solar... Quién sabe... La cuestión es que el hecho de que no hayan personas trabajando no influye en su funcionamiento. Creo. Espero. —Se dijo a sí mismo.

Cogió el móvil que había cargado 20% de batería para ver si tenía señal.

—Repetidores y antenas negativo. —Parecía que estaba haciendo una lista mental de lo que funcionaba y lo que no.— Esto de no tener internet me va a joder... lo intuyo...

Entonces se fue al salón y se tumbó en el sofá. Se concentró tanto que se quedó dormido el muy inútil...

«¡Y si lo hacemos, que se pare el mundo...!» una voz de niño pequeño se repetía en su sueño, entonces recordó el tacto de muchas manos juntas y la cálida sonrisa de alguien a quien no recordaba muy bien. Se despertó sobresaltado.

—Que se pare el mundo, ¿eh? —Se incorporó y miró los cuadros que habían colgados en las paredes. Era él de pequeño.— ¡Un momento...!

Se puso a rebuscar en una estantería que quedaba cerca del sofá donde se había dormido, y entonces lo encontró: un álbum de fotos de cuando era pequeño, donde había una en especial en la cual estaba con otros niños, pero algunas caras se veían muy borrosas, al parecer el pulso del fotógrafo no era muy bueno.

—Yo a éste lo recuerdo, me insultaba el muy cabrón. —Puso el dedo encima de uno de los chicos mientras se reía.— ¿Cómo se llamaba...? ¿Ulises? ¿Uriel? No, no, espera, ya ya, Hugo, eso eso, Hugo. Hugo Hernández. Me acuerdo de que sus padres tenían una panadería llamada “Hernández”, mi madre compraba siempre croissants de chocolate allí para desayunar.

Aún habiendo descubierto la posible causa de todo aquello, no tenía nada con lo que comunicarse con él. Ni wifi ni línea de móvil. Nada. Ahí lo tenía, sin internet estaba jodido.

Se masajeó las sienes intentando recordar quién participó en aquella promesa. Un nombre le vino a la mente. Un nombre que conocía a la perfección. Y no sólo un nombre, también una dirección que curiosamente no estaba a más de 5 manzanas de la suya.

Cogió su chaqueta de cuero, una mochila con provisiones y un cargador portátil. Salió a la calle con los auriculares puestos, conectados a su móvil.

Se quedó pensativo mirando una moto que conducía un joven que ahora parecía de piedra.

—Amigo, prometo devolvértela cuando todo esto tenga sentido. —Le habló, como si le escuchara. De hecho, tal vez le estaba escuchando, eso él no lo sabía.

Finalmente movió a la persona. Le costó un poco pero la dejó en un banco sentada con la misma posición, y puso en marcha su moto, con la que se dirigió hacia la casa.

Al llegar, bajó de la moto y pisó sin querer una caca de perro. Un día redondo, sí señor. Sólo le quedaba que se hubiera cambiado de dirección o que no estuviera en casa.

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Buscó con el dedo su apellido, que aún estaba lúcido en sus pensamientos. Lo encontró.

—Llegó el momento de la verdad... Puede que mi teoría sea cierta, o que esté loco —soltó un suspiro de resignación.— Estoy loco... Pero en fin...

Vaciló antes de pulsarlo y esperó a que alguien contestara. Y esperó. Y esperó. 2 minutos que se le hicieron eternos. Volvió a llamar, y cuando la esperanza se le agotó, dio media vuelta con la intención de volver a la moto. Pero entonces...

—¿Quién es? —Sonó la voz de una chica, no era ni muy dulce ni muy áspera. Una voz simplemente normal.

—¿Maya? ¿Eres tú? —La alegría de saber que no estaba solo en aquel marrón se notó en su voz.

—Depende, ¿quién pregunta?

—Soy J...

—¿Javi? ¿Pero qué coño haces tú aq-? Bueno, espera que bajo. —Y colgó el telefonillo.

La chica tardó unos minutos en salir, seguramente se estaría arreglando. Al abrir la puerta él lo notó. Notó aquello que ya había notado cada vez que la veía. Tranquilidad. Y no cualquiera podría decirlo, porque entre tantos piercings, tatuajes, maquillaje y el pelo teñido, aquella niña dulce y llorona que era se había desvanecido. Pero eso él ya lo sabía.



—No has cambiado nada desde la última vez que te vi. —Le sonrió él.

—No sé qué te traes entre manos pero me huele muy mal. —Se quedó olisqueando el ambiente y luego se tapó la nariz.— Literalmente...

—Perdón, he pisado una mierda. Ya sabes, la suerte siempre está de mi lado.

—Eres idiota. —Suspiró ella.— Va, dime, ¿qué demonios quieres? —Preguntó impaciente.

—¿Pero es que no lo ves? ¡Mira a tu alrededor!

Y la chica alzó la vista. Su expresión se confundía entre el asombro y el miedo. Era obvio que no había salido de casa esa mañana. Tragó saliva y sacó un cigarro.

—No me gusta que fumes. —Le dijo autoritariamente, como si fuera su padre.

—Si esto es una pesadilla, al menos déjame disfrutar de ella. —Afirmó pulsando un mechero que llevaba en el bolsillo, con el que encendió el cigarro y se lo llevó a la boca.

Tomó una larga calada y exhaló todo el humo que sus pulmones habían almacenado.

—Venga joder, dime qué pasa. Tienes pinta de saberlo. —Preguntó desesperada.

—¿Te suena la frase... “¡Y si nos olvidamos, que se pare el mundo!”? —Imitó con voz de pito, como si fuera un niño.

—No. —Respondió tajante.

—Teníamos 9 años, fue el último día que estuvimos todos los de la pandilla reunidos. —Quiso refrescarle la memoria.

—Me quiere sonar... —Ella tocó su barbilla pensativa.

—El día en que murió tu padre. —Dijo serio, muy serio, como si aún le doliera decirlo.

Entonces se acordó, el brillo de sus ojos que desde hacía mucho permanecía ausente, había aparecido. Su expresión era comparable a la de alguien comiendo un limón e intentando no poner cara de asco.

—Vale, bien. Me acuerdo. Pero... ¿en serio sugieres que esto es por la promesa de unos críos cuando tenían 9 años? ¿Te riega bien el cerebro? —Le preguntó acercándose a él y golpeando suavemente su cabeza.

—¿Tienes alguna idea de qué otra cosa podría ser?

—Una broma pesada del destino.

—Si lo quieres ver de ese modo... —Suspiró él.

—Espera. Éramos 10 críos, ¿no? —Parecía que alguna idea se le había venido a la cabeza.

—En efecto.

—Y nosotros somos 2, ¿no? —Siguió intentando aclarar dicha idea.

—Sí, pero no pillo a dónde quieres llegar...

—Pues que alguno de los otros 8 tiene que saber por qué ha pasado esto. O mejor dicho, no lo sabe. Se ha olvidado de nosotros. Ese era el trato, si se olvidaba alguno, se paraba el mundo.

—Hasta ahí había llegado yo también, lista.

—Pues no hay tiempo que perder. —Espetó convencida, acercándose a la moto y haciendo un intento de subir como piloto.

—Eh, eh, eh, espera. Esta moto la he robado yo. Así que conduzco yo. —Dijo con tono severo y la paró en el acto.

—No voy a dejar que manches de mierda esta preciosa Yamaha azul. —Tiró el cigarrillo al suelo.— Además, ni siquiera sabes a dónde vamos.

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—¿Y tú sí? —Preguntó irónicamente mientras pisaba el cigarrillo que ella había dejado encendido en el asfalto.

—¿No es obvio? Si nuestros amigos son un poco espavilaos, irán al pueblo donde empezó todo. Villaolvido. —Miró a su alrededor y pareció no encontrar lo que buscaba.— ¿No has cogido casco?

—Pues... No, oye, tenía prisa, no me juzgues. —Se excusó subiendo por fin a la moto.

—Bueno, pues subo a por mis cosas y luego pasamos a por unos cascos y a rellenar combustible en la gasolinera. Porque el viaje va para largo.

El chico se asustó, sabía que ir a algún sitio con Maya de piloto en una moto sería algo problemático. Ella era un problema andante. Hicieron lo que propuso, robaron dos cascos de una tienda y rellenaron la gasolina. Parecía ser que sólo se habían parado los seres vivos. El resto estaba intacto y podía utilizarse. Estuvieron aproximadamente 1 h en moto. Mientras él escuchaba música y buscaba en su mente un millón de posibilidades para desencriptar el problema, ella mantenía sus pensamientos en el asfalto, zigzageando entre los coches, esquivando aquellas tétricas estatuas. Cuando por fin vieron el cartel de “Villaolvido, 5 km” sintieron una especie de alivio.

Al llegar al pueblecito se dieron cuenta de que era un pueblo fantasma, casi todo estaba en ruinas, y allí no había ni un coche. Al parecer sí se había marchado todo el mundo. Pasaron por donde solía estar la casa de Javi, y algunos recuerdos le vinieron a la cabeza: la noche de las luciérnagas. Recordó un sentimiento que hacía años no tenía y ni siquiera podía decir con exactitud cuál era.

Siguieron su camino hacia el descampado, pasando por unos caminos que se salían del pueblo y por un pequeño bosque que lo separaba de su antiguo lugar de reunión.

La joven peliazul aparcó la moto y ambos caminaron siguiendo el cauce del río, tal y como hacían de pequeños con sus otros amigos. A lo lejos distinguió una silueta sentada bajo la sombra de un árbol.

La silueta, se fue convirtiendo poco a poco en una persona. Una persona alta y fuerte, de cabellos claros peinados con gomina tapados por una gorra, tez robusta y algo oscura, ojos verdes y penetrantes, con una expresión que atemorizaría hasta al más valiente. El individuo se giró al oír los pasos de gente acercándose.

CONTINUARÁ...

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