Peñíscola siempre había sido escenario de las aventuras más trepidantes y los sueños más idílicos de la gente, esta vez no sería menos. Su arena se tostaba al sol, el mismo que le daba brillo a sus aguas marinas. Las tiendas se disponían a pié de playa y al final, en una diminuta península, su castillo coronaba el lugar, dándole un aspecto de ciudad medieval fantástica. Para alguien que no hubiera ido allí, como Maya y Olga, suponía una imagen francamente sorprendente.
—Es... Como si esta ciudad estuviera sacada de una novela. —Se atrevió a juzgar Maya.
—Más bien, como una serie ambientada en la época medieval. —Discrepó Olga.
—¿Qué más da? Tú me has entendido.
—Aquí han rodado diversas series y pelis. —Les informó Hugo.
—Normal, es una pasada. —Admitió Maya.
Caminaban por las tiendecitas costeras, observando a las pocas personas, que habían salido la mañana en la que el mundo decidió pararse, pasear por la zona. Pero para darse una vuelta por Peñíscola no hacía falta que el mundo se hubiera parado, así que volvieron a lo importante: encontrar al resto.
—¿Bueno y dónde viven Lara y Marcos? —Preguntó Javi.
—Lara por aquí cerca, en un chalet frente al mar. Ya sabéis, su padre era el alcalde y su familia tiene pasta. —Hugo hizo el gesto del dinero con los dedos y prosiguió— Marcos vive un poco más adentro, lejos de la playa, en la zona para pobres sin un duro, como yo.— Se burló de sí mismo.
—Qué bobo. —Olga le rió la gracia, él se avergonzó de haber soltado algo tan estúpido.
—Pues, a por Lara se ha dicho, ¿no? —Maya parecía enérgica, como si aquella ciudad le cargara las pilas.
—Ea. —Afirmó Javi.
Siguieron a Hugo unas manzanas más lejos de donde estaban. Llegaron a un modesto chalet blanco, de arquitectura algo recargada para ser una simple casa. Tenía varios pisos y un jardín cuya puerta delantera estaba a escasos 5 metros de la arena. Llamaron al timbre esperando que la que allí vivía no se hubiera largado ni muerto del susto.
—¿S-sí...? —Preguntó una tímida voz, dulce, suave y femenina.
—Soy Hugo, abre. Traigo visita.
—¡HUGO! GRACIAS A LOS DIOSES ESTÁS BIEN. —Gritó aliviada y abrió al segundo.
Salió escopeteada a recibirle y parecía haber vuelto del mismísimo infierno. Sus cabellos cortos y rubios saltaban mientras corría, se había dejado las gafas redondas dentro, lo que hacía ver sus ojos almendra más grandes y vivos. Llevaba además una bata blanca de un material probablemente costoso, como la seda y unas pantuflas negras y peluditas.
—¡Menos mal que has venido! —Se paró a coger aire de lo rápido que había ido. —Pensé que moriría de soledad, te lo juro.— Y abrazó al armario humano, parecían tener una relación cercana y fraternal.
—Tranquila, ha llegado tu salvador. —Se dejó abrazar sonriente. —Mira, traigo a gente que te tendría que sonar...
Lara se paró a mirarlos. Se quedó cautivada por la belleza de la chica de cabellos negros, por la seguridad que desprendía el chico y las pintas de la peliazul, que más allá de desagradarle, envidiaba su capacidad de rebeldía. Pero aún no se había dado cuenta de que eran los muchachos con los que compartió una pequeña parte de su vida.
—Ala, qué snoob. —La señaló indiscretamente Maya, pero no lo dijo con mala intención —En el fondo tampoco has cambiado. —Añadió riéndose. Lara le miró ofendida.
—Ignórala, no tiene clase. —Le consoló Olga.
Maya hizo una mueca de asco y Javier le acarició el hombro para que se calmara.
—Me alegro de volver a verte, soy Javi. —Le extendió la mano cordialmente con una sonrisa brillante.
—¡Ahí va! —Le dio la mano con expresión mareada. Tal vez todo lo que había pasado ese día le superaba. Cuando lo asimiló les invitó a pasar, se hacía tarde.
Su casa estaba plagada de lujos, decoraciones, cuadros, y muebles aparentemente caros. Se instalaron en el comedor, era amplio. Se acomodaron para hablar tranquilamente.
—Necesito que alguien me aclare todo esto, estoy muy perdida...
Le explicaron lo que habían averiguado. Al principio no le cuadró mucho, pero poco a poco fue entendiéndolo, aún sin creérselo del todo.
—Entonces necesitáis encontrar a Marcos cuanto antes.—Afirmó convencida, aunque con un filo de voz.
—¿Necesitáis? ¿No vienes? —Preguntó Hugo.
—Bueno, alguien tendrá que hacer la cena... —Respondió ella.
—Yo te ayudo, tengo fama de buen chef. —Se jactó Javi.— ¿Pero cómo vamos a cocinar sin electricidad? Tengo entendido que Peñíscola está conectada a la central eléctrica, y esta quedó inutilizable.
—Placas solares, y-ya sabes... a mi familia no le falta el dinero... —Contestó ella, medio avergonzada por fardar y medio orgullosa por ser uno de los pocos sitios donde se podía cocinar.
—No sé por qué no me extraña... En fin, yo paso de ir a por él... necesito despejarme y salir a que me dé el aire, me quedaré por aquí cerca. —Dijo Maya, y sin permiso de nadie, salió por la puerta.
—Bueno, pues iremos tú y yo, Hugo. —Concluyó Olga. Hugo asintió feliz y se marcharon.
Lara planeaba hacer una cena a lo grande, con puré de champiñones de primer plato, carne asada con patatas de segundo, y tiramisú casero que había hecho su madre el día anterior. Lara sabía de cocina. En realidad, sabía de todo un poco, pues había recibido una buena educación.
—Bueno, señorita, usted dígame lo que hacer, estoy a su servicio. —El chico hizo una reverencia bromeando. Ella rió.
—Ay... Me avergüenza que me digan “usted esto, usted lo otro”. Por favor, tutéame. —Le pidió sonrojada mientras, ponía los ingredientes encima de la mesa.
Se dividieron el trabajo y hablaron de cosas triviales hasta que, de tan concentrados se produjo un intenso silencio.
—Te llevas muy bien con Hugo. —Lo rompió Javi, mientras pelaba y cortaba patatas.
—Sí, es como un hermano mayor. Siempre me protege de... de absolutamente todo.
—No me lo esperaba. —Admitió.
—A pesar de su apariencia... es un gran chico. —Sonrió ella.
—No lo pongo en duda, solo digo que es raro. —Replicó.
—Todos tenemos a esa persona en quien confiamos mucho aunque parezca una relación rara, ¿n-no crees? —Tartamudeó un poco. Javi se quedó pensando.
—Tienes... toda la razón. —Suspiró.
Siguieron hablando de sus vidas, de anécdotas graciosas del pasado, de estudios, incluso de música, pues aunque parezca extraño, ambos eran amantes del rock. Además, ella le contó que había pasado todo el día nerviosa yendo de aquí para allá sin un motivo concreto y que estaba preocupada por no saber el paradero de sus padres, ya que según Javi el tiempo se paró a las 5 y media y ellos salieron a trabajar a las 5.
El tiempo, aunque parado, para ellos fue pasando y la comida estaba casi lista.
—Debería ir a buscar a Maya, conociéndola se habrá perdido. Es un desastre. —Javi se lavó las manos y se quitó el delantal.
—Ve, tranquilo... Yo me encargo de terminar esto. —Le dijo amablemente, y él se marchó.
Mientras tanto, por las solitarias calles únicamente alumbradas con el resplandor amarillento de las farolas que aún funcionaban, por motivos que ninguno de ellos comprendía, en medio de la carretera, Hugo y Olga andaban riendo y contando chistes malos que sólo podían estar a la altura de Hugo, el rey de lo absurdo. Se le notaba en el brillo de la mirada que quería impresionarla.
—Y le pregunta, ¿sabes cómo se llaman los habitantes de Barcelona?
—¿Y qué le dijo? —Preguntó ella con la lagrimilla en el ojo por los anteriores chistes.
—Le dijo pues hombre, todos, todos no. —Y los dos comenzaron a reírse de lo malo que era.
—Eres buenísimo, en serio Hugo —Contestó ella desternillándose.
—¿Tú crees? —Preguntó sonriente, para luego reformular su respuesta.— Quiero decir... Obviamente lo soy. —Bromeó. Ella volvió a reír.
—Tu novia debe de partirse contigo, en serio. —Soltó ella sin pensar.
—Yo no tengo de eso... —Su tono se calmó y ella le miró sorprendida.
—¿Ah no? Pues es raro porque eres mono. —Le intentó consolar.
—Gracias, supongo.— Se rascó la nuca vergonzoso y prosiguió. —Oye, ¿y tú tienes...? —Un pitido escandaloso acompañado de unas luces cegadoras en medio de la noche le cortaron.

Por otro lado, Javi caminó calle arriba calle abajo, buscando a su amiga por todas partes, y vociferando su nombre para ver si oía su voz y volvía. Pero no fue así.
—Me cago en... ¿dónde se habrá metido esta chiquilla? —Se quedó pensativo con cara de enfadado.— ¡Dijo que estaría cerca! Agh, me rindo...
No quería preocupar a Lara así que pasados 20 minutos dio la vuelta y se decidió a volver al chalet. Justo entonces, escuchó otro gran pitido, igualito al que oyeron Olga y Hugo. Por las luces que al mirar le cegaron, se dio cuenta de que un vehículo se acercaba hacia él. Se apartó a un lado de la acera para ver quién era. Conforme se fue acercando pudo ver que era bastante grande, pues era un bus para turistas, de esos que tienen doble planta. En la de arriba estaban Olga y Hugo sonriéndole y saludándole. En la de abajo, una persona desconocida conduciendo.
—Hola guapo, ¿te llevo a algún sitio? —Bromeó tras bajar la ventanilla.
—Pues no estaría mal, oye. —Y se subió.
Si estaba con Olga y Hugo no podía ser más que una persona: Marcos. Era un chico guapo de cara, de cabellos rojo fuego muy despeinados. No es que conjuntara muy bien la ropa pero se le perdonaba. Lo sorprendente era que, de todos los vehículos que podía escoger, eligió un bus de dos pisos, lento y ruidoso.
—Oye, ¿eres Marcos no?
—En efecto, ¿y tú quién eres?
—Pues yo soy Javier, vivía en Villaolvido como Olga y Hugo. —Le explicó.
—Ah sí, ellos me han informado de lo que pasa. Yo la verdad estaba muy feliz con la idea de estar solo en un mundo libre de asquerosos humanos, una pena. —Admitió riendo, Javi no supo si lo decía de verdad o de broma.
—Ya bueno... te recuerdo que no están muertos, solo petrificados.
—Una pena. —Reiteró mientras giraba bruscamente una curva, en la que casi tira al otro muchacho.
—Oye, ¿dónde te han dado a ti el carnet? ¿Y de dónde has sacado este cacharro? —Javier notaba un especie de amor-odio hacia ese chico, por una parte le agradaba su positividad y por otra le ponía nervioso su pasotismo.
—En ningún sitio, no tengo carnet. —Hizo una pausa para reírse y continuó— Y esto, pues, estaba paseando y lo vi, y le hice un puentecico de esos, y aparcao. No sé, me gusta. Relájate. —Le puso la mano en el hombro. El otro suspiró.

—Es esa casa, aparca.
—¿Aparcar? Ni que vaya a molestar a otros coches. —Apagó el motor y lo dejó parado en medio de la carretera. Javi volvió a suspirar.
—¿A qué viene tanto suspiro? —Preguntó Olga mientras bajaba del piso de arriba.
—Nada, yo solo quiero bajar de aquí. —Y salió escopeteado hacia la casa.
Entraron de nuevo, Lara ya había puesto la mesa. Javi explicó que no había encontrado a Maya, después de cenar la volvería a buscar y fueron considerados en dejarle algo de comida para cuando volviera. Por otra parte, Marcos les explicó que se había tomado gratamente la sorpresa de la petrificación, de hecho lo llamó destino. Se había pasado la tarde “cogiendo prestado” artículos que le llamaban la atención de las tiendas, además de un vehículo francamente extravagante. Más tarde, Hugo siguió contando chistes malos y haciendo reír tanto a Olga como al resto de sus amigos.
—Estaba muy bueno Lara, pero debo ir a buscar a Maya, llevo toda la cena preocupado. —Dijo levantándose de la mesa y colocando el plato en el fregadero.
—Oh, gracias, aunque tú también hayas ayudado a cocinar... Ve a buscarla, tranquilo... —Respondió la anfitriona.
—Bien, luego te ayudo a fregar si quieres. —Se ofreció mientras se ponía la chaqueta.
—No os preocupéis, vosotros habéis hecho la cena, Marcos, Hugo y yo fregamos, es lo justo. —Sonrió Olga, a lo que Lara asintió.
—Pues si me disculpáis, he de ir al aseo un momentito... —Y la anfitriona desapareció.
Los otros tres se pusieron manos a la obra mientras Javi salía. Empezaba a hacer frío, las olas estaban inquietas y el joven ya se temía que se la hubiera tragado el mar. Aunque ella no era de esas. En su locura se escondía siempre una pizca de cordura que, aunque no le salvara de meterse en líos, la mantenía viva.
[Canción que me inspiró para hacer esta parte.]
Llevaba casi media hora dando vueltas de aquí para allá cuando cayó abatido sobre un banco que había en mitad de la calzada. Se frotó la cara con impaciencia. ¿Dónde se habría metido la chica de azulados cabellos?
De repente, la luz que hacía visible su propia sombra parpadeó. La tenía detrás, así que se giró a ver qué ocurría, y al mirarla se apagó completamente. Javi se levantó extrañado y pudo notar que la siguiente parpadeaba. Caminó lentamente hacia ella y al llegar se apagó, al igual que la anterior. La más próxima volvía a parpadear, y así unas cuantas veces más hasta que por instinto se puso a correr, siguiendo el parpadeo de las farolas hasta que decidían apagarse. Cada vez más rápido, como si algo le empujara a hacerlo. Subió una gran cuesta sin problemas debido a la adrenalina, sin darse cuenta había rodeado la costa y se había adentrado en las casas que conducían al castillo. De pronto se encontró en la plaza central del famoso castillo de Peñíscola, donde habían unos cuantos bares cerrados. Ya cansado, tomó aire.

—¡¿Cuánto más he de seguiros estúpidas luces?! —Preguntó a los cuatro vientos, a lo que las farolas respondieron con su absurdo parpadeo.
Las persiguió de nuevo ¿ya qué podía perder? Caminaba como si tuviera un gran peso sobre él que le anclaba al suelo. Tal vez era producto del cansancio, tal vez del sueño. Llegó a su destino, era una especie de torre unida al castillo por una pequeña escalera. La última luz se apagó sumiendo el ambiente en una profunda oscuridad, entre ella, detectó una sombra aún más oscura.
—¿Maya?
—¿Qué haces tú aquí? Dije que quería estar sola... —Se percibía un tono melancólico en su habla.
Javi se acercó a ella para contemplar, gracias a la luz de la brillante luna, que ella seguía mirando hipnotizada el mar y las estrellas que sobre este relucían. Él puso la mano en su espalda y la frotó cariñosamente. Se olía que algo extraño sucedía.
—¿Sabes? No puedo decir que me molestes porque sinceramente quería hablar contigo sobre algo. Algo importante... —Se sinceró Maya.
—Soy todo oídos.
—¿Alguna vez has sentido un dolor intenso en la barriga y un miedo horroroso que te corroe por dentro? —Comenzó.
—Puede... Explícate. —Dijo desconcertado.
—Es... el miedo de haber perdido a alguien a quien querías, o el miedo de ser reemplazado, o el miedo de sentirte muy sola, no lo sé. Dime, ¿qué coño hago mal para merecer el nudo en mi garganta? —Confesó.
—Yo... ehmm... —Javier pensó en su pasado, pensó en todos los besos que le había dado, todas las caricias y los “te quiero” que se esfumaron de su mente con tanta facilidad. —Verás Maya, no tienes nada de malo... Simplemente me empecé a enamorar de otra persona y yo...
Ella se giró con los ojos llorosos. Él había olvidado lo bonita que siempre le había parecido, pero aquello también formaba parte del pasado. Volvió a mirarla y notó que su expresión irradiaba ira.
—¡¿De qué coño hablas?! Debí suponerlo,¿para qué sincerarme contigo? Solo sabes preocuparte por ti, ¿piensas que eres el centro del puto universo? ¿Piensas que me sigue doliendo que cortáramos? ¡Pues estás muy equivocado! Tengo problemas más grandes como para preocuparme de una ruptura con un niñato narcisista. —Y se puso a caminar en dirección contraria con pasos bruscos y los brazos cruzados.
—¡Oye! ¿A dónde vas? Lo siento, pensaba que te referías a lo nuestro... no quería ofenderte... —Intentó disculparse corriendo detrás de ella.
—¡Pues te equivocas! Lo nuestro está tan muerto y enterrado como mi padre. —Le gritó mientras aumentaba la velocidad. Él se paró en seco.
—¿Era por eso? ¿Por tu padre? Oye, lo lamento, creía que ya lo habrías superado... —Volvió a correr tras de ella, esta vez fue más rápido y se puso en frente para pararla.
—¡La muerte de un padre nunca se supera! Y no era exact... —La cortó con un fuerte abrazo.
—Lo siento mucho Maya, soy estúpido y narcisista, tienes toda la razón, pero ante todo soy tu amigo y me importas. Te quiero ayudar con esto ¿vale? Ahora abrázame, o grítame, o llora. Pero desahógate... —Le dijo al oído. Ella le hizo caso y lloró silenciosamente. Estuvieron abrazados unos segundos. Hasta que Javier se apartó.

—Ya está, no estás sola, me tienes a mí y al resto, que no te conocen demasiado pero seguro que si les pides ayuda te la darán encantados... —Le secó las lágrimas y le apartó los cabellos azulados de la cara.
—Menos Olga, creo que le caigo mal. —Se rió.
—Estás tonta... —Le contestó riendo también.
—Tengo frío... —Se frotó los brazos.
—Volvamos. —Javi le puso el brazo por encima de los hombros.
Caminaron hablando y contemplando las preciosas calles de Peñíscola mientras el sonido de las olas al romperse amainaban el ambiente. A mitad del trayecto se hizo el silencio, que ambos utilizaron para pensar hasta que llegaron a la casa de Lara.
Al entrar por la puerta, Lara les recibió con expresión de preocupación.
—Menos mal que habéis vuelto, ¡c-casi salgo yo a por vosotros! —Les colocó una manta por encima y se fue a la cocina a calentarle la comida a Maya.
—Gracias por todo, Lara. Perdón por las molestias que he causado... —Se disculpó la peliazul, había visto que, como bien había dicho Javi, no estaba sola, hasta una vieja amiga que ya a penas le conocía se había preocupado por ella.
—N-no importa... ¡pero no lo vuelvas a hacer! Casi me da algo esperándoos... —No obtuvo respuesta, pues Maya estaba cenando y Javi se había quedado absorto en sus pensamientos. —Y... ¿cómo la has encontrado? ¿Dónde estaba? —Se dirigió a él.
—Pues... es una historia un tanto extraña, estaba en el castillo y... bueno da igual, lo que importa es que está bien. —Javi les sonrió, Lara asintió tímidamente y Maya sonrió con la boca cerrada y los mofletes hinchados de comida, cosa que a ambos les resultó gracioso y rieron.

—Bueno, ¿podríais fregar los cubiertos? Yo me voy a dormir con el resto, que me muero de sueño. Olga está en mi habitación, Marcos y Hugo en la de invitados. Vosotros podéis dormir en la de mis padres o en los sofás... ¡B-buenas noches! —Se despidió Lara.
—Sí, tranquila, buenas noches. —Contestó Javi.
—Güenaz nouchez. —Intentó pronunciar Maya con la boca llena.
Al terminar, fregaron y se acostaron en los sofás, ya que dormir en una cama de matrimonio perteneciente a los padres de una vieja amiga les pareció de mal gusto.
Por la noche, Maya volvió a tener pesadillas, pero era normal, y ya no se despertaba sudando ni chillando como cuando era pequeña, por lo que Javi ni si enteró y durmió como un lirón. Por otra parte, Lara y Olga durmieron juntas, fueron las mejores amigas en la infancia y se habían echado de menos. Mientras Marcos dormía tan plácidamente que roncaba, Hugo, que sufría de insomnio, se había quedado mirando al techo y pensando en sus cosas. Esa fue su primera, pero no última noche juntos.
CONTINUARÁ...



