martes, 20 de noviembre de 2018

SuperGlue #3

Capítulo 3

—¡Ostia, gente que se mueve! —Se sorprendió el joven.

Al acercarse, Maya reconoció en él una forma de mirar, además de hablar, que le era familiar. Tal vez su cuerpo había crecido, su cara parecía más adulta, pero el niño que fue aún vivía dentro de él. Y no era, es, ni será el único.

—¿Hugo? —Preguntó ella.

—¿Me conoces? —Se quedó algo desconcertado.

—Espera, espera, espera, ¿él es Hugo? ¿El de la panadería? —Javier se sentía algo confuso.

—Sí, ¿no lo ves? Esos ojos claros y la marca de nacimiento en su mejilla. Es obvio. —Afirmo la chica.



—Vaya, parecéis conocerme muy bien... El guaperas me suena, tú, con ese pelo tan raro no. —La señaló pensativo— ¿Vivíais aquí, verdad?

—En efecto, yo soy Javi y ella Maya, ¿nos recuerdas ya?

—Maya... Maya, Maya, Maya... —Puso la mano en su mentón— ¿Maya la llorona? —Se acordó por fin, ella hizo una mueca de asco y luego asintió.

—La misma... —Suspiró y se cruzó de brazos.

—Y tú eres el flacuchín pedante, eras un crío insoportable... —Se rió el grandullón.

—Ahora soy un adulto insoportable. —Sonrió como si fuera algo de lo que enorgullecerse.

—Adulto, ¡ja! — Ironizó Maya.

—¡Oye! —Se quejó.

—Dejaos de chuminadas amorosas para luego, ¿qué hacéis aquí? —Hugo se puso serio.

—Eso te íbamos a preguntar a ti. —Soltó Maya.

—¿Has descubierto lo de la promesa, no? —Preguntó Javi.

—No sé de qué coño estáis hablando, yo estaba siguiendo a una chica que iba en coche y parecía sospechosa...

—¿Sospechosa? —Inquirió la joven.

—Era la única que podía moverse, y cuando le fui a preguntar salió por patas en su ford fiesta rojo. —Se explicó.



—Sería Olga o Lara, son las únicas que podrían no estar petrificadas, si estoy en lo cierto... —Sugirió Javi.

—Tal vez pensó que le ibas a hacer algo, con esa cara que me llevas... —Se burló Maya.

—¡Dijo la gótica peliazul! —Se defendió.

—¡No soy gótica! —Aclaró molesta.

—Bueno, ¿y por qué no la buscamos? —Propuso el otro.

—Eso hacía, pero la perdí a la entrada del pueblo y llevo buscándola toda la mañana, ya he mirado por todas partes...

—Seguro que no por todas... repasemos, ¿en la plaza? —Preguntó Maya.

—Sí.

—¿El parque?

—Sí.

—¿La biblioteca?

—Sí.

—¿Su casa?

—Yo qué sé cuál es su casa, pero he pasado por delante de todas las del pueblo y nada.

—Está bien... pues... no sé, me rindo. ¿ideas J? —Le miró, sabía que estaba pensando en algo, se le notaba en la cara.

—¿Tal vez esté... en el cementerio? —Entonó con mucha duda la pregunta, ya que era descabellado, pero el único sitio que les quedaba por mirar, al fin y al cabo.

Los chicos se miraron entre ellos y supieron que debían ir, no hicieron falta las palabras. Caminaron a través del bosque, ya que el cementerio se situaba cerca de donde estaban, entre el río y la villa. Avanzaron por dentro del camposanto. Maya se quedó mirando un nicho en concreto, pero pasó de largo cabizbaja, ni siquiera se acercó. Una vez llegaron al fondo, se encontraron a una joven de trenzas color azabache mirando entristecida un nicho. Se acercaron a ella. Todo estaba en perfecto silencio, el aura era relajante.

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—Por tu pelo diría que eres Olga, pero tengo un vago recuerdo de ti, así que disculpa si me equivoco. —Javi comenzó educadamente una conversación con ella.

La joven los miró muda, inquieta. Tenía los ojos llorosos, tal vez no había sido muy apropiado hablarle mientras visitaba a sus difuntos. Pero la situación lo requería.

—Somos tus amigos de la infancia, Javier, Maya y Hugo. —Aclaró este último. Ella le respondió con una dulce sonrisa, él se quedó mirándola embobado.



—¡Dichosos los ojos! —Dijo sorprendida, con una voz aguda y tintineante, parecía como si ni siquiera se hubiese dado cuenta de lo de la promesa. —¿Cómo vosotros por aquí?

—Pues... Pensábamos que alguien más se daría cuenta de que todo este marrón es por la promesa que hicimos hace 9 años, pero al parecer esperábamos demasiado, quizás ha pasado demasiado tiempo como para que os acordarais... —Explicó Maya.

—¡Ala, Maya! Sí que has cambiado, sí. —Se rió, Maya no supo cómo tomárselo. —No, no me había dado cuenta, es decir, sí que estaba preocupada, pero simplemente he venido a visitar a mis abuelos como todos los viernes... Quería despejarme de todo este lío.

—Tiene sentido, pero, ¿por qué huiste de mí? —Preguntó el grandullón curioso.

—Oh, pensaba que me ibas a raptar o algo, me habías asustado viniendo tan rápidamente hacia mí... —Puso una expresión de inocencia, el chico respondió con un triste suspiro.

—Te lo dije. —Maya le sacó la lengua y él le respondió con un corte de manga.

—Decidme lo que habéis averiguado, por favor. —Olga se apartó el pelo coquetamente de la cara.

—Pues... Creemos que al prometer que “si nos olvidábamos de nosotros se parara el mundo”, alguien se ha olvidado y se han petrificado todos los seres vivos, menos nosotros. —Explicó Javier.

—He de decir que me siento aliviada, ¿pero qué hacemos ahora?

—A ver... Al menos sabemos que 4 de 10 nos recordamos, tenemos que encontrar a los seis restantes. ¿Recordáis todos sus nombres? —Le respondió.

—Marcos... Adam... Lucas... —Intentó recordar.

—Leo... Lara... —Añadió Hugo.

—Y Oliver. —Concluyó Maya.

—Vale, bien, ¿alguien sabe dónde viven?

—Pues Lucas vive conmigo en Alcoy, pero esta mañana he ido a buscarlo y no lo encontré, así que tal vez haya salido por su cuenta a investigar... —Suspiró Olga preocupada.

—Bueno, no pasa nada, probemos a ir a por otros, si lo resuelve acabará por encontrarnos solito. —Le animó Javi, poniendo la mano en su hombro. Olga lo miró con una media sonrisa.

—Marcos y Lara viven donde yo, en Peñíscola. —Informó Hugo.

—¿Y qué diablos hacías en Játiva cuando te vi? —Preguntó intrigada Olga.

—Nada, tenía que ir a comprobar una cosa.

—¿Qué cosa? —Curioseó Maya.

—No os incumbe.

—Vale, vale, no me muerdas.

—¿Me estás llamando perro, niña? —Le desbarató los cabellos riendo, mientras la otra se quejaba y se peinaba de nuevo.

—Bueno, ¿sabéis algo del resto? —Inquirió Javi.

—Ni idea. —Fue una respuesta colectiva.

—Pues... Nos vamos a Peñíscola.

—Oye, llevo un rato pensándolo y... ¿no huele un poco mal? —Cuestionó el grandullón.

—Sí... no quería decirlo por si sonaba descortés... —Admitió Olga.

Maya se empezó a reír y señaló a Javi, los otros lo miraron sorprendidos.

—Sí, he pisado una mierda. Pesados. —Se cruzó de brazos.

—¿Por qué no intentas lavar la zapatilla en el río con alguna piedra o alguna hoja? —Sugirió Olga.

Y así lo hizo. Una vez preparados, Hugo y Olga cogieron sus coches, Maya y Javi la moto, la cual por fin dejó conducir a él. Aunque el camino fuera largo, Maya quiso ir en moto por el amor que les profesaba y porque el viento en la cara hacía que no se mareara.

Pararon a comer en un restaurante de autopista. Era acogedor y parecía limpio, pero como los trabajadores estaban petrificados, tuvieron que cocinar ellos. Gracias a Zeus estaba conectado a alguna central eólica cercana, como Valencia. Javier era un cocinero experto, Olga se defendía, Maya sabía cocinar como mucho un huevo frito, Hugo ni agua sabía preparar.

—Estás haciendo un estropicio, así no se corta el pescado, déjame a mí. —Le dijo el erudito. —Mira, vete y llévate a Maya, que la pobre está más perdida que E.T. en Halloween.

—Vale vale, ya nos vamos, mandón. —Contestó indignado.

Javier y Olga se quedaron a solas. Ella le miraba como un niño al ver un juguete en un escaparate, pero él no se percataba. No era de extrañar, ya que Javi siempre había sido guapo, tenía la cara fina, los labios jugosos, los ojos color caramelo y los cabellos castaños siempre bien peinados. Poseía fama de rompecorazones.



—Oye Javi, ¿qué tal la vida? Hace siglos que no hablamos...

—Oh, bien, supongo... los amigos bien, saco matrículas en el instituto y tengo novia y tal, pero... es un tema complicado. ¿Y tú, qué tal? —Dijo evadiendo la pregunta y ocultando las verdaderas repuestas a la vez que hacía la verdura y el pescado a la plancha.

—Pues... bien también. Tengo muchas amigas, las notas decentes y el chico que me gustaba me rompió el corazón, pero creo que ya lo tengo casi superado. —Lo dijo en un tono alegre, como si no le diera importancia, como si no valorara lo duras que eran realmente esas palabras. Mientras, preparaba una especie de salsa.

—Vaya... si necesitas consuelo, ya sabes. Soy todo oídos y nada bocas. Guardo los secretos de todo el mundo. —Le guiñó el ojo y luego se lavó las manos. —Esto ya está. Vayamos a ver cómo les va a los dos bobos estos...

En la otra sala, Hugo estaba inquieto y Maya parecía cansada, abstraída en su propio mundo.

—¿De qué crees que hablarán ahí solitos esos dos? —Le preguntó él.

—Ni lo sé, ni me importa, sinceramente. —Respondió borde, aunque sincera.

—Eres muy agradable, ¿lo sabes no? —Dijo irónicamente.

—¿Ah sí? Qué bien. —Resopló y siguió mirando por la ventana.

—¿Estás bien? ¿Tal vez celosa de Olga?

—Mira, ahora mismo tengo muchas cosas en la mente, pero te aseguro que lo que hagan Olga y Javi no es una de ellas. —Le ojeó, se percató de que él sólo intentaba ser amable y corrigió su respuesta. —No estoy bien, pero no te preocupes, no es tu culpa. Ya se me pasará.

Justo entonces entraron los dos chefs con los platos humeantes, recién hechos. Los sirvieron en la mesa y se sentaron con ellos. Hugo lo probó y puso cara de asombro.

—¿Y bien? —Preguntó el cocinero.

—Está que flipas. —Respondió con la boca llena, comía tan rápido que parecía que se iba a atragantar.

—Está rico. —Maya esbozó una falsa sonrisa.

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Después de comer, prosiguieron su camino. En un total de 2 horas y media ya habían llegado a su destino, Peñíscola.

CONTINUARÁ...

domingo, 18 de noviembre de 2018

SuperGlue #2


Capítulo 2

Javier cerró los ojos y los mantuvo así unos segundos, luego se pellizcó para comprobar que realmente no estaba soñando.

Se quedó parado sin hacer nada durante 10 munutos. Luego se decidió a volver a casa para dejar la mochila. Se quitó el uniforme escolar y se puso ropa normal, para estar más cómodo. Fue a su baño y abrió el grifo, dejó correr el agua y luego lo cerró. Luego usó los interruptores.

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—De momento la electricidad y el agua funcionan, dentro de lo malo está bien... Tal vez Valencia esté conectada a la central eólica, incluso solar... Quién sabe... La cuestión es que el hecho de que no hayan personas trabajando no influye en su funcionamiento. Creo. Espero. —Se dijo a sí mismo.

Cogió el móvil que había cargado 20% de batería para ver si tenía señal.

—Repetidores y antenas negativo. —Parecía que estaba haciendo una lista mental de lo que funcionaba y lo que no.— Esto de no tener internet me va a joder... lo intuyo...

Entonces se fue al salón y se tumbó en el sofá. Se concentró tanto que se quedó dormido el muy inútil...

«¡Y si lo hacemos, que se pare el mundo...!» una voz de niño pequeño se repetía en su sueño, entonces recordó el tacto de muchas manos juntas y la cálida sonrisa de alguien a quien no recordaba muy bien. Se despertó sobresaltado.

—Que se pare el mundo, ¿eh? —Se incorporó y miró los cuadros que habían colgados en las paredes. Era él de pequeño.— ¡Un momento...!

Se puso a rebuscar en una estantería que quedaba cerca del sofá donde se había dormido, y entonces lo encontró: un álbum de fotos de cuando era pequeño, donde había una en especial en la cual estaba con otros niños, pero algunas caras se veían muy borrosas, al parecer el pulso del fotógrafo no era muy bueno.

—Yo a éste lo recuerdo, me insultaba el muy cabrón. —Puso el dedo encima de uno de los chicos mientras se reía.— ¿Cómo se llamaba...? ¿Ulises? ¿Uriel? No, no, espera, ya ya, Hugo, eso eso, Hugo. Hugo Hernández. Me acuerdo de que sus padres tenían una panadería llamada “Hernández”, mi madre compraba siempre croissants de chocolate allí para desayunar.

Aún habiendo descubierto la posible causa de todo aquello, no tenía nada con lo que comunicarse con él. Ni wifi ni línea de móvil. Nada. Ahí lo tenía, sin internet estaba jodido.

Se masajeó las sienes intentando recordar quién participó en aquella promesa. Un nombre le vino a la mente. Un nombre que conocía a la perfección. Y no sólo un nombre, también una dirección que curiosamente no estaba a más de 5 manzanas de la suya.

Cogió su chaqueta de cuero, una mochila con provisiones y un cargador portátil. Salió a la calle con los auriculares puestos, conectados a su móvil.

Se quedó pensativo mirando una moto que conducía un joven que ahora parecía de piedra.

—Amigo, prometo devolvértela cuando todo esto tenga sentido. —Le habló, como si le escuchara. De hecho, tal vez le estaba escuchando, eso él no lo sabía.

Finalmente movió a la persona. Le costó un poco pero la dejó en un banco sentada con la misma posición, y puso en marcha su moto, con la que se dirigió hacia la casa.

Al llegar, bajó de la moto y pisó sin querer una caca de perro. Un día redondo, sí señor. Sólo le quedaba que se hubiera cambiado de dirección o que no estuviera en casa.

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Buscó con el dedo su apellido, que aún estaba lúcido en sus pensamientos. Lo encontró.

—Llegó el momento de la verdad... Puede que mi teoría sea cierta, o que esté loco —soltó un suspiro de resignación.— Estoy loco... Pero en fin...

Vaciló antes de pulsarlo y esperó a que alguien contestara. Y esperó. Y esperó. 2 minutos que se le hicieron eternos. Volvió a llamar, y cuando la esperanza se le agotó, dio media vuelta con la intención de volver a la moto. Pero entonces...

—¿Quién es? —Sonó la voz de una chica, no era ni muy dulce ni muy áspera. Una voz simplemente normal.

—¿Maya? ¿Eres tú? —La alegría de saber que no estaba solo en aquel marrón se notó en su voz.

—Depende, ¿quién pregunta?

—Soy J...

—¿Javi? ¿Pero qué coño haces tú aq-? Bueno, espera que bajo. —Y colgó el telefonillo.

La chica tardó unos minutos en salir, seguramente se estaría arreglando. Al abrir la puerta él lo notó. Notó aquello que ya había notado cada vez que la veía. Tranquilidad. Y no cualquiera podría decirlo, porque entre tantos piercings, tatuajes, maquillaje y el pelo teñido, aquella niña dulce y llorona que era se había desvanecido. Pero eso él ya lo sabía.



—No has cambiado nada desde la última vez que te vi. —Le sonrió él.

—No sé qué te traes entre manos pero me huele muy mal. —Se quedó olisqueando el ambiente y luego se tapó la nariz.— Literalmente...

—Perdón, he pisado una mierda. Ya sabes, la suerte siempre está de mi lado.

—Eres idiota. —Suspiró ella.— Va, dime, ¿qué demonios quieres? —Preguntó impaciente.

—¿Pero es que no lo ves? ¡Mira a tu alrededor!

Y la chica alzó la vista. Su expresión se confundía entre el asombro y el miedo. Era obvio que no había salido de casa esa mañana. Tragó saliva y sacó un cigarro.

—No me gusta que fumes. —Le dijo autoritariamente, como si fuera su padre.

—Si esto es una pesadilla, al menos déjame disfrutar de ella. —Afirmó pulsando un mechero que llevaba en el bolsillo, con el que encendió el cigarro y se lo llevó a la boca.

Tomó una larga calada y exhaló todo el humo que sus pulmones habían almacenado.

—Venga joder, dime qué pasa. Tienes pinta de saberlo. —Preguntó desesperada.

—¿Te suena la frase... “¡Y si nos olvidamos, que se pare el mundo!”? —Imitó con voz de pito, como si fuera un niño.

—No. —Respondió tajante.

—Teníamos 9 años, fue el último día que estuvimos todos los de la pandilla reunidos. —Quiso refrescarle la memoria.

—Me quiere sonar... —Ella tocó su barbilla pensativa.

—El día en que murió tu padre. —Dijo serio, muy serio, como si aún le doliera decirlo.

Entonces se acordó, el brillo de sus ojos que desde hacía mucho permanecía ausente, había aparecido. Su expresión era comparable a la de alguien comiendo un limón e intentando no poner cara de asco.

—Vale, bien. Me acuerdo. Pero... ¿en serio sugieres que esto es por la promesa de unos críos cuando tenían 9 años? ¿Te riega bien el cerebro? —Le preguntó acercándose a él y golpeando suavemente su cabeza.

—¿Tienes alguna idea de qué otra cosa podría ser?

—Una broma pesada del destino.

—Si lo quieres ver de ese modo... —Suspiró él.

—Espera. Éramos 10 críos, ¿no? —Parecía que alguna idea se le había venido a la cabeza.

—En efecto.

—Y nosotros somos 2, ¿no? —Siguió intentando aclarar dicha idea.

—Sí, pero no pillo a dónde quieres llegar...

—Pues que alguno de los otros 8 tiene que saber por qué ha pasado esto. O mejor dicho, no lo sabe. Se ha olvidado de nosotros. Ese era el trato, si se olvidaba alguno, se paraba el mundo.

—Hasta ahí había llegado yo también, lista.

—Pues no hay tiempo que perder. —Espetó convencida, acercándose a la moto y haciendo un intento de subir como piloto.

—Eh, eh, eh, espera. Esta moto la he robado yo. Así que conduzco yo. —Dijo con tono severo y la paró en el acto.

—No voy a dejar que manches de mierda esta preciosa Yamaha azul. —Tiró el cigarrillo al suelo.— Además, ni siquiera sabes a dónde vamos.

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—¿Y tú sí? —Preguntó irónicamente mientras pisaba el cigarrillo que ella había dejado encendido en el asfalto.

—¿No es obvio? Si nuestros amigos son un poco espavilaos, irán al pueblo donde empezó todo. Villaolvido. —Miró a su alrededor y pareció no encontrar lo que buscaba.— ¿No has cogido casco?

—Pues... No, oye, tenía prisa, no me juzgues. —Se excusó subiendo por fin a la moto.

—Bueno, pues subo a por mis cosas y luego pasamos a por unos cascos y a rellenar combustible en la gasolinera. Porque el viaje va para largo.

El chico se asustó, sabía que ir a algún sitio con Maya de piloto en una moto sería algo problemático. Ella era un problema andante. Hicieron lo que propuso, robaron dos cascos de una tienda y rellenaron la gasolina. Parecía ser que sólo se habían parado los seres vivos. El resto estaba intacto y podía utilizarse. Estuvieron aproximadamente 1 h en moto. Mientras él escuchaba música y buscaba en su mente un millón de posibilidades para desencriptar el problema, ella mantenía sus pensamientos en el asfalto, zigzageando entre los coches, esquivando aquellas tétricas estatuas. Cuando por fin vieron el cartel de “Villaolvido, 5 km” sintieron una especie de alivio.

Al llegar al pueblecito se dieron cuenta de que era un pueblo fantasma, casi todo estaba en ruinas, y allí no había ni un coche. Al parecer sí se había marchado todo el mundo. Pasaron por donde solía estar la casa de Javi, y algunos recuerdos le vinieron a la cabeza: la noche de las luciérnagas. Recordó un sentimiento que hacía años no tenía y ni siquiera podía decir con exactitud cuál era.

Siguieron su camino hacia el descampado, pasando por unos caminos que se salían del pueblo y por un pequeño bosque que lo separaba de su antiguo lugar de reunión.

La joven peliazul aparcó la moto y ambos caminaron siguiendo el cauce del río, tal y como hacían de pequeños con sus otros amigos. A lo lejos distinguió una silueta sentada bajo la sombra de un árbol.

La silueta, se fue convirtiendo poco a poco en una persona. Una persona alta y fuerte, de cabellos claros peinados con gomina tapados por una gorra, tez robusta y algo oscura, ojos verdes y penetrantes, con una expresión que atemorizaría hasta al más valiente. El individuo se giró al oír los pasos de gente acercándose.

CONTINUARÁ...

sábado, 17 de noviembre de 2018

SuperGlue #1


Capítulo 1

El día estaba encapotado y el cielo que comúnmente era de un azul alegre se había tornado gris y melancólico, pronosticaban lluvia pero aún los Dioses no habían empezado a llorar.

Maya corría con todas sus fuerzas, las lágrimas a penas le dejaban ver por dónde iba y eso hizo que se tropezara. Finalmente llegó al sitio donde todos se solían reunir: la orilla del río el cual estaba en medio del bosque, a las afueras del pequeño pueblo donde residían, el único lugar que no estaba en ruinas. Todos estaban tristes, pues sabían perfectamente lo que pasaba.

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—¿Estás bien...? —Le preguntó Olga mientras se acercaba a ella para secarle las lágrimas y mirar si se había herido.— Siento lo de... —Añadió con un nudo en la garganta, sin poder terminar la frase.

—Eres una llorica. —Hugo la señaló y se rió de ella.

—¡Y tú retrasado! —Le gritó Leo y se formó una mini discusión entre ellos.

—Qué insensible... —Le echó Lara en cara a Hugo, y las tres niñas se abrazaron con la mirada entristecida.

—Mi padre... El médico dijo que ya no... —Dijo por fin ella, gritándole al viento, derramando lágrimas a diestro y siniestro.— Por qué... ¡¿POR QUÉ TUVO QUE SER ÉL?!

Los pájaros salieron despavoridos de las copas de los árboles al oír tal chillido.

—...Me duele el pecho... —Añadió tras un profundo silencio que nadie se atrevió a romper.

Al oír esto Hugo y Leo se callaron y pararon de pelearse. El resto se acercó a abrazarla también. Ella se secó las lágrimas y puso su mano en el pecho dramáticamente.

—Nos vamos del pueblo... Aquí ya no nos queda nada... —Prosiguió.

—También he oído decir a mis padres algo sobre mudarnos lejos mientras recogíamos todo lo que no se había roto... —Comentó Javier, con la mirada en las grises nubes.

—Todos... Nos vamos... —Soltó Adam, con un fino tono de voz.

Comenzó a llover. Los niños no podían más con su pesar. Aquella semana había sido horrenda para ellos. Muchos incluso aún tenían heridas. Sus familias tuvieron que huir de su amado pueblo, donde habían crecido y vivido felizmente, por culpa del terrible terremoto que dejó en ruinas todo lo que conocían y les obligó a volver tras una semana a por los restos de sus anteriores vidas. Pero por mucho que quisieran, ni el SuperGlue más fuerte podría arreglar nada a esas alturas. Algunos perdieron más que otros... La cuestión es que sabían que sería la última vez en mucho tiempo que estarían todos juntos.



—¿El pueblo dejará de ser un pueblo? —Soltó Marcos sin un sentido concreto, pero sorprendentemente el resto lo entendió.

—Dejó de serlo hace unos días... —le contestó Maya.

—¿Y cuando volveremos? —Preguntó el iluso de Lucas.

—¿No lo entendéis? Nunca... —Oliver miró al suelo y sus ojos, que habían estado secos durante aquellos minutos, comenzaron a empaparse.

—Pero... Yo os echaré de menos... —Javier se levantó y se puso a caminar hacia el río para que sus amigos no vieran la expresión de tristeza que tenía en su cara.

—Y yo... —Lara le siguió para consolarle poniendo la mano en su hombro.

—¡No me lo creo! ¡SEGURO QUE LA RECONSTRUYEN! —Hugo le pegó una patada a un árbol.

—A ver, subnormalito, ¿qué te ha hecho el árbol a ti? —Leo, como siempre, intentaba calmar la situación con una broma. Pero fue demasiado incómoda en aquel momento.

—No creo que se molesten en reconstruir un pueblo tan pequeño. —Espetó Oliver con aire entristecido.

—Tiene razón... —Asintió Olga.

—Oye —Todas las miradas fueron a Adam, que siempre estaba callado.— Esta es nuestra última tarde juntos, aprovechémosla...

Y dijo algo que nadie se esperaría oír, pero en el fondo tenía razón. Pasaron sus últimas horas juntos hablando e intentado distraer a Maya de lo ocurrido, pero no lo consiguieron, fue una tarde francamente triste. Siendo sinceros, el pesar que una muerte provoca no lo cura ni el mismísimo Tiempo. Cuando ya anochecía, todos estaban desganados, pero sacaron fuerzas para despedirse del resto con una sonrisa, o media sonrisa, o una triste sonrisa falsa...

—Chicos, necesito que me prometáis algo. —Olga se acercó a todos, hicieron un círculo y puso la mano derecha en el centro.

—¿Qué cosa? —Preguntó intrigado Lucas, que hizo lo mismo, y puso su mano encima de la de Olga. Todos los imitaron.

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—Que nunca nos olvidaremos. —Terminó la frase por fin.

—¡Y si lo hacemos, que se pare el mundo! —Hugo les sonrió, fue una sonrisa tan sincera, que al verla todos se pusieron a llorar.

—Bien dicho... —Contestó Marcos, los demás asintieron con la cabeza, y minutos después se fueron a sus casas, aunque sus corazones seguían juntos... Y lo seguirían estando... O eso pensaron...

9 AÑOS MÁS TARDE

Javier se levantó a las 7 y media, como todas las mañanas, su cerebro le despertaba a la misma hora. Se duchó y se vistió, luego bajó a desayunar. Estaba solo en casa porque sus padres se habían ido de viaje y su hermana estaba con sus abuelos así que él mismo se hizo unas tortitas con mermelada de frambuesa y sirope de chocolate.

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Aunque sentía un aura extraña en el ambiente, no oía ruido en la calle, pensó que se habría levantado antes de tiempo, pero al intentar mirar el reloj de la cocina se percató de que daba las 6 de la mañana, tal vez se había averiado. Encendió la televisión pero la pantalla se quedó gris y con un sonido ensordecedor, así que la apagó. Fue a mirar su móvil y vio que le faltaba batería así que lo dejó cargando.

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—Que raro... —Pensó en voz alta e hizo una pequeña pausa.—Bueno, hora de irse.

Cogió su mochila y abrió la puerta, pero lo que vio, le impactó tanto que ésta se le cayó al suelo: Los coches estaban parados, las personas petrificadas en pleno movimiento, no había ni un sonido, ni siquiera los pájaros cantaban, pues los animales tampoco se movían. Era como una ciudad desierta, que no estaba desierta.

Caminó entre la gente, entre los coches, pero no halló respuesta alguna a las miles de preguntas que le rondaban la cabeza.

—Genial... ¡JUSTO HOY QUE TENÍA EXAMEN DE MATES! Si lo sé no estudio... —Se sentó en un banco pensativo, pero no concluyó nada, la situación le superaba y desconcertada, pues el mundo parecía haberse parado ante sus ojos.

CONTINUARÁ...