—¡Ostia, gente que se mueve! —Se sorprendió el joven.
Al acercarse, Maya reconoció en él una forma de mirar, además de hablar, que le era familiar. Tal vez su cuerpo había crecido, su cara parecía más adulta, pero el niño que fue aún vivía dentro de él. Y no era, es, ni será el único.
—¿Hugo? —Preguntó ella.
—¿Me conoces? —Se quedó algo desconcertado.
—Espera, espera, espera, ¿él es Hugo? ¿El de la panadería? —Javier se sentía algo confuso.
—Sí, ¿no lo ves? Esos ojos claros y la marca de nacimiento en su mejilla. Es obvio. —Afirmo la chica.
—Vaya, parecéis conocerme muy bien... El guaperas me suena, tú, con ese pelo tan raro no. —La señaló pensativo— ¿Vivíais aquí, verdad?
—En efecto, yo soy Javi y ella Maya, ¿nos recuerdas ya?
—Maya... Maya, Maya, Maya... —Puso la mano en su mentón— ¿Maya la llorona? —Se acordó por fin, ella hizo una mueca de asco y luego asintió.
—La misma... —Suspiró y se cruzó de brazos.
—Y tú eres el flacuchín pedante, eras un crío insoportable... —Se rió el grandullón.
—Ahora soy un adulto insoportable. —Sonrió como si fuera algo de lo que enorgullecerse.
—Adulto, ¡ja! — Ironizó Maya.
—¡Oye! —Se quejó.
—Dejaos de chuminadas amorosas para luego, ¿qué hacéis aquí? —Hugo se puso serio.
—Eso te íbamos a preguntar a ti. —Soltó Maya.
—¿Has descubierto lo de la promesa, no? —Preguntó Javi.
—No sé de qué coño estáis hablando, yo estaba siguiendo a una chica que iba en coche y parecía sospechosa...
—¿Sospechosa? —Inquirió la joven.
—Era la única que podía moverse, y cuando le fui a preguntar salió por patas en su ford fiesta rojo. —Se explicó.
—Sería Olga o Lara, son las únicas que podrían no estar petrificadas, si estoy en lo cierto... —Sugirió Javi.
—Tal vez pensó que le ibas a hacer algo, con esa cara que me llevas... —Se burló Maya.
—¡Dijo la gótica peliazul! —Se defendió.
—¡No soy gótica! —Aclaró molesta.
—Bueno, ¿y por qué no la buscamos? —Propuso el otro.
—Eso hacía, pero la perdí a la entrada del pueblo y llevo buscándola toda la mañana, ya he mirado por todas partes...
—Seguro que no por todas... repasemos, ¿en la plaza? —Preguntó Maya.
—Sí.
—¿El parque?
—Sí.
—¿La biblioteca?
—Sí.
—¿Su casa?
—Yo qué sé cuál es su casa, pero he pasado por delante de todas las del pueblo y nada.
—Está bien... pues... no sé, me rindo. ¿ideas J? —Le miró, sabía que estaba pensando en algo, se le notaba en la cara.
—¿Tal vez esté... en el cementerio? —Entonó con mucha duda la pregunta, ya que era descabellado, pero el único sitio que les quedaba por mirar, al fin y al cabo.
Los chicos se miraron entre ellos y supieron que debían ir, no hicieron falta las palabras. Caminaron a través del bosque, ya que el cementerio se situaba cerca de donde estaban, entre el río y la villa. Avanzaron por dentro del camposanto. Maya se quedó mirando un nicho en concreto, pero pasó de largo cabizbaja, ni siquiera se acercó. Una vez llegaron al fondo, se encontraron a una joven de trenzas color azabache mirando entristecida un nicho. Se acercaron a ella. Todo estaba en perfecto silencio, el aura era relajante.

—Por tu pelo diría que eres Olga, pero tengo un vago recuerdo de ti, así que disculpa si me equivoco. —Javi comenzó educadamente una conversación con ella.
La joven los miró muda, inquieta. Tenía los ojos llorosos, tal vez no había sido muy apropiado hablarle mientras visitaba a sus difuntos. Pero la situación lo requería.
—Somos tus amigos de la infancia, Javier, Maya y Hugo. —Aclaró este último. Ella le respondió con una dulce sonrisa, él se quedó mirándola embobado.
—¡Dichosos los ojos! —Dijo sorprendida, con una voz aguda y tintineante, parecía como si ni siquiera se hubiese dado cuenta de lo de la promesa. —¿Cómo vosotros por aquí?
—Pues... Pensábamos que alguien más se daría cuenta de que todo este marrón es por la promesa que hicimos hace 9 años, pero al parecer esperábamos demasiado, quizás ha pasado demasiado tiempo como para que os acordarais... —Explicó Maya.
—¡Ala, Maya! Sí que has cambiado, sí. —Se rió, Maya no supo cómo tomárselo. —No, no me había dado cuenta, es decir, sí que estaba preocupada, pero simplemente he venido a visitar a mis abuelos como todos los viernes... Quería despejarme de todo este lío.
—Tiene sentido, pero, ¿por qué huiste de mí? —Preguntó el grandullón curioso.
—Oh, pensaba que me ibas a raptar o algo, me habías asustado viniendo tan rápidamente hacia mí... —Puso una expresión de inocencia, el chico respondió con un triste suspiro.
—Te lo dije. —Maya le sacó la lengua y él le respondió con un corte de manga.
—Decidme lo que habéis averiguado, por favor. —Olga se apartó el pelo coquetamente de la cara.
—Pues... Creemos que al prometer que “si nos olvidábamos de nosotros se parara el mundo”, alguien se ha olvidado y se han petrificado todos los seres vivos, menos nosotros. —Explicó Javier.
—He de decir que me siento aliviada, ¿pero qué hacemos ahora?
—A ver... Al menos sabemos que 4 de 10 nos recordamos, tenemos que encontrar a los seis restantes. ¿Recordáis todos sus nombres? —Le respondió.
—Marcos... Adam... Lucas... —Intentó recordar.
—Leo... Lara... —Añadió Hugo.
—Y Oliver. —Concluyó Maya.
—Vale, bien, ¿alguien sabe dónde viven?
—Pues Lucas vive conmigo en Alcoy, pero esta mañana he ido a buscarlo y no lo encontré, así que tal vez haya salido por su cuenta a investigar... —Suspiró Olga preocupada.
—Bueno, no pasa nada, probemos a ir a por otros, si lo resuelve acabará por encontrarnos solito. —Le animó Javi, poniendo la mano en su hombro. Olga lo miró con una media sonrisa.
—Marcos y Lara viven donde yo, en Peñíscola. —Informó Hugo.
—¿Y qué diablos hacías en Játiva cuando te vi? —Preguntó intrigada Olga.
—Nada, tenía que ir a comprobar una cosa.
—¿Qué cosa? —Curioseó Maya.
—No os incumbe.
—Vale, vale, no me muerdas.
—¿Me estás llamando perro, niña? —Le desbarató los cabellos riendo, mientras la otra se quejaba y se peinaba de nuevo.
—Bueno, ¿sabéis algo del resto? —Inquirió Javi.
—Ni idea. —Fue una respuesta colectiva.
—Pues... Nos vamos a Peñíscola.
—Oye, llevo un rato pensándolo y... ¿no huele un poco mal? —Cuestionó el grandullón.
—Sí... no quería decirlo por si sonaba descortés... —Admitió Olga.
Maya se empezó a reír y señaló a Javi, los otros lo miraron sorprendidos.
—Sí, he pisado una mierda. Pesados. —Se cruzó de brazos.
—¿Por qué no intentas lavar la zapatilla en el río con alguna piedra o alguna hoja? —Sugirió Olga.
Y así lo hizo. Una vez preparados, Hugo y Olga cogieron sus coches, Maya y Javi la moto, la cual por fin dejó conducir a él. Aunque el camino fuera largo, Maya quiso ir en moto por el amor que les profesaba y porque el viento en la cara hacía que no se mareara.
Pararon a comer en un restaurante de autopista. Era acogedor y parecía limpio, pero como los trabajadores estaban petrificados, tuvieron que cocinar ellos. Gracias a Zeus estaba conectado a alguna central eólica cercana, como Valencia. Javier era un cocinero experto, Olga se defendía, Maya sabía cocinar como mucho un huevo frito, Hugo ni agua sabía preparar.
—Estás haciendo un estropicio, así no se corta el pescado, déjame a mí. —Le dijo el erudito. —Mira, vete y llévate a Maya, que la pobre está más perdida que E.T. en Halloween.
—Vale vale, ya nos vamos, mandón. —Contestó indignado.
Javier y Olga se quedaron a solas. Ella le miraba como un niño al ver un juguete en un escaparate, pero él no se percataba. No era de extrañar, ya que Javi siempre había sido guapo, tenía la cara fina, los labios jugosos, los ojos color caramelo y los cabellos castaños siempre bien peinados. Poseía fama de rompecorazones.
—Oye Javi, ¿qué tal la vida? Hace siglos que no hablamos...
—Oh, bien, supongo... los amigos bien, saco matrículas en el instituto y tengo novia y tal, pero... es un tema complicado. ¿Y tú, qué tal? —Dijo evadiendo la pregunta y ocultando las verdaderas repuestas a la vez que hacía la verdura y el pescado a la plancha.
—Pues... bien también. Tengo muchas amigas, las notas decentes y el chico que me gustaba me rompió el corazón, pero creo que ya lo tengo casi superado. —Lo dijo en un tono alegre, como si no le diera importancia, como si no valorara lo duras que eran realmente esas palabras. Mientras, preparaba una especie de salsa.
—Vaya... si necesitas consuelo, ya sabes. Soy todo oídos y nada bocas. Guardo los secretos de todo el mundo. —Le guiñó el ojo y luego se lavó las manos. —Esto ya está. Vayamos a ver cómo les va a los dos bobos estos...
En la otra sala, Hugo estaba inquieto y Maya parecía cansada, abstraída en su propio mundo.
—¿De qué crees que hablarán ahí solitos esos dos? —Le preguntó él.
—Ni lo sé, ni me importa, sinceramente. —Respondió borde, aunque sincera.
—Eres muy agradable, ¿lo sabes no? —Dijo irónicamente.
—¿Ah sí? Qué bien. —Resopló y siguió mirando por la ventana.
—¿Estás bien? ¿Tal vez celosa de Olga?
—Mira, ahora mismo tengo muchas cosas en la mente, pero te aseguro que lo que hagan Olga y Javi no es una de ellas. —Le ojeó, se percató de que él sólo intentaba ser amable y corrigió su respuesta. —No estoy bien, pero no te preocupes, no es tu culpa. Ya se me pasará.
Justo entonces entraron los dos chefs con los platos humeantes, recién hechos. Los sirvieron en la mesa y se sentaron con ellos. Hugo lo probó y puso cara de asombro.
—¿Y bien? —Preguntó el cocinero.
—Está que flipas. —Respondió con la boca llena, comía tan rápido que parecía que se iba a atragantar.
—Está rico. —Maya esbozó una falsa sonrisa.

Después de comer, prosiguieron su camino. En un total de 2 horas y media ya habían llegado a su destino, Peñíscola.
CONTINUARÁ...




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